viernes, septiembre 08, 2006

El ladrido desaparecido (XXXII)

-No importa ya, Izabela. Por zuerte, la gente de la radio no ze encontraba cerca de aquí con lo que no lez ha pazado nada. Lo importante ez que graciaz a ti todoz loz zonidoz han zido liberadoz y podrán volver con zuz legítimoz dueñoz. Puedez zentirte orgulloza, Izabela. Y, ademaz, el ladrón parece eztar fuera de peligro.
Isabela, aún aguantando a Pluto contra sí, se volvió para mirar al hombre. A su alrededor, ruidos y más sonidos corrían, iban de un lado para otro, como buscando el lugar al que pertenecían. Algunos parecían encontrarlo allí, en el propio rincón, mientras otros, su eco, se perdía a lo lejos, por el camino que se abría entre los árboles.
La niña tardó poco en encontrar con la mirada al hombre. Yacía en el suelo a unos pocos metros de ella, se le veía aturdido, con la mirada perdida. Movía la cabeza de un lado para otro, como para tratar de despejarse, pero no parecía lograr su objetivo. Sin duda, el impacto del estallido había sido fuerte de verdad, incluso para atontar a alguien tan corpulento como el ladrón de sonidos.
-¿Y qué vamos a hacer ahora con él? –preguntó Isabela.
-Me parece que ahora zí –contestó Gabriel –ez el momento de hablar con laz autoridadez.

*****

Isabela entró corriendo en casa, seguida por Pluto, que corría, saltaba y ladraba lleno de júbilo. Nada más entrar, se encontró con su madre, que tenía bastante cara de malas pulgas:
-¿Se puede saber dónde has estado todo el día? –preguntó con los brazos en jarra.
-Hola, mamá. He llegado tan tarde porque he estado todo el día viviendo un montón de aventuras: resulta que a Pluto se le perdió el ladrido y fui a poner un anuncio en la radio. Allí me atendieron unas voces (porque en la radio no trabajan personas, sino sólo voces) y me dijeron que fuera a un sitio donde se agrupan todos los sonidos que se le pierden a las cosas, y ahí conocí a una voz (que ahora es muy buen amigo mío) que se llama Gabriel y que cecea y me llevó a conocer a un señor que colecciona sonidos pero él no sabía donde estaba el ladrido de Pluto...
-Bueno, bueno, bueno –trataba de cortar la madre de Isabela –siéntate a la mesa que la cena ya está lista.
Allí estaba ya sentado el padre de la niña, que se levantó al verles entrar.
-Yo no sé de donde saca esa imaginación –decía la madre a su esposo.
-Nos tenías preocupado, pequeña –decía éste.
-Pero es que me han pasado muchas más cosas –trataba de convencerles la niña –porque en realidad el ladrido de Pluto lo había robado un hombre con un aspirador y luego me robó la voz a mi y no podía hablar, con lo que tuve que huir al rincón de los ruidos perdidos...
-¡Vale, vale! –cortó el padre de Isabela enérgico –cena y no nos cuentes historias.
El tono era de enfado, así que la niña agachó la cabeza y se sentó a la mesa, callada, a esperar la comida.
Pobre Isabela, no entendía que sus padres carecían de la capacidad de ver esos pequeños detalles de la realidad que escapan a la lógica común. De participar en ese otro mundo, que, en realidad, es una parte bastante grande de éste, donde las cosas más fantásticas suceden, donde la vida es una aventura constante... Capacidad que la mayoría de los adultos pierden cuando entran en es otro mundo tan, tan importante como es el de las responsabilidades y se olvidan de lo que una vez fue ser niño.
Pese a todo, mientras cenaba, Isabela pensaba una cosa, que le levantó de nuevo el ánimo: si había sido capaz de resolver el misterio del ladrido de Pluto y liberar al resto de sonidos del ladrón de ruidos, tal vez podría resolver otros misterios y buscar solución a muchos otros enigmas. Tal vez podía ser una niña detective. Y, mientras continuaba comiendo y con intención de no contarle nada a sus padres, empezó a darle vueltas a esta nueva y atrayente idea: “Isabela, la niña investigadora”.

Las historias de Isabela continuarán en: "Isabela y el país en construcción de Baranbanbarán"

miércoles, septiembre 06, 2006

El ladrido desaparecido (XXXI)

Tenía que intentarlo de nuevo, buscar otra piedra, tirarla y evitar que el hombre se diera cuenta y... ¡Alto! Estaba pasando algo, el cristal se rompía. Poco a poco, el golpe del impacto se iba agrandando y unas finas grietas se iban extendiendo por la superficie del cristal. Desde la parte visible del frasco en lo alto, hacia arriba, hacia abajo, hacia la derecha, hacia la izquierda, lentamente cubriendo todo el espacio. Isabela lo podía fácilmente vaticinar, mirándolo con los ojos muy abiertos: ¡el frasco iba a estallar!
Las grietas continuaban extendiéndose y de cada grieta surgían más y más pequeñas grietas que lo iban recubriendo todo. El portador del recipiente seguía sin darse cuenta de nada, mientras continuaba con su labor de absorber sonidos que le mantenía ocupada toda la atención.
Y así llegó un punto en que toda la parte del recipiente que la mochila abierta permitía ver estaba totalmente cubierta de finas hendeduras. Se podían hasta escuchar los crujidos, los chasquidos del cristal desde el lugar en que Isabela se encontraba. El estallido era inminente, no podía tardar mucho más en producirse. Isabela se giró de medio lado y con los brazos se cubrió la cara como medida de precaución. En cualquier instante la cosa iba a saltar por los aires, el cristal parecía no dar más de sí, iba a reventar... ¡¡y entonces explotó!!
Docenas de pedazos de cristal salieron volando empujados por la fuerza de cientos y cientos de sonidos atrapados a presión en el recipiente y que deseaban con todas sus fuerzas el poder escapar. Tal fue la potencia de la explosión que incluso la mochila acabó hecha añicos y el ladrón de ruidos resultó impulsado hacia el suelo un par de metros frente a sí. Y sin que él pudiera remediarlo todos los sonidos que había capturado escaparon de su constreñida prisión: los del rincón, de todos los tipos imaginables y los que había robado a lo largo de los días en la propia Villaldea. Tantos eran y brotaban con tanta energía que Isabela casi sentía una corriente de aire cuando muchos de ellos pasaban junto a su lado. Resultaban una presencia tan física, tan material que le parecía que, si quisiera, podría agarrar uno con sus propias manos.
Entonces, inesperadamente, vio que Pluto se había acercado junto a ella, dando saltos de alegría y, lo que era mejor, ¡ladrando! ¡El ladrido había vuelto a él, por fin! Se había liberado de su celda y había ido a buscar a su legítimo dueño, su perro Pluto, el bueno de Pluto. La niña se agachó y se abrazó a él, alegre, el can dándole fuertes lametazos en la cara, balanceándose de un lado para otro.
-¡Ah! –se escuchó entonces, una voz que revoloteaba alrededor de ellos.
Isabela lo reconoció de inmediato: era su propia voz, dando tumbos de aquí para allá, repitiendo justo lo último que había dicho antes de acabar en el frasco de vidrio. La niña soltó al perro y se levantó para atraparla. Parecía perdida, como despistada. Isabela trató de atraparla con sus manos, saltando, moviéndose, pero siempre se colocaba justo en el lado contrario de donde pretendía atrapar. La voz siguió moviéndose para arriba, para abajo, para delante, para atrás y entonces, ¡zas!, se la encontró en su propia boca, casi como si hubiese parado ahí por casualidad.
-¡Ven aquí de una vez! –gritó Isabela, que era justo lo que llevaba un rato tratando de gritar y sólo a partir de ese mismo momento pudo hacer.
Y fue cuando pudo decir eso cuando se dio cuenta de que había recuperado su voz. Entusiasmada, dio un salto y agarró de nuevo a Pluto.
-¡Pluto! –gritaba -¡He recuperado la voz yo también!
Y así saltaba y saltaba, llevando a su perro contra el pecho.
-¿Izabela? –se escuchó.
-¡Gabriel, tú también estás bien! –gritó la niña. No necesitó oír más para reconocer de quien era ese ceceo tan característico.
-Zí, cuando tú tirazte la piedra noz zalvazte a mi y a todoz loz zonidoz que eztábamoz atrapadoz –contaba la voz, con alegría palpable.
-Ya, pero casi lo estropeo todo atrayendo sin querer al ladrón. Pretendía buscar a Manuel y al resto de voces de la radio... –se justificaba Isabela.

Las historias de Isabela continúan... pero será en la siguiente ocasión.

domingo, septiembre 03, 2006

El ladrido desaparecido (XXX)

¡Tenía que hacer algo!, pensaba Isabela. Más aún cuando se consideraba responsable de haber traído a ese monstruo al rincón. ¡Y tenía que hacer algo de inmediato! A la desesperada, se lanzó de un salto a la espalda del hombre y, agarrada a ella, comenzó a atizarle golpes y más golpes por todas las partes que podía: la propia espalda, los brazos, la cabeza... Mientras, trataba de mantener el equilibrio aferrada a la mochila que el hombre llevaba a la espalda y que contenía el famoso recipiente de cristal. Animado por la actitud de su ama, Pluto también se lanzó a atacar al ladrón y comenzó a morderle en las piernas, todo lo que sus pequeños colmillos permitían en los gruesos pantalones de su contrincante.
El hombre era fuerte y por un momento parecía que no le afectaban ni los golpes ni los mordiscos. Pero al de poco empezó a revolverse y a agitarse para quitarse a Isabela de encima. Ésta se agarró fuertemente a la mochila y trató de no caerse por todos los medios.
-¡Quita de encima, maldita cría! –gritó el despiadado hombre.
Y con la mano que tenía libre, cogió a Isabela de la blusa, se la quitó de la espalda y la lanzó al suelo a un par de metros de sí. Afortunadamente, el suelo era de hierba, con lo que la niña no se hizo mucho daño. A continuación, el ladrón dio una fuerte patada a Pluto, que lo lanzó a varios metros de distancia. Si Pluto hubiera podido hablar seguramente, habría lanzado un fuerte gañido de dolor.
-¡Como no os estéis quietos os voy a tener que quitar algo más que vuestras voces! –amenazó el hombre, lanzando una fiera mirada.
Isabela, asustada, tumbada en el suelo, le miró sin saber cómo reaccionar. Cuando el ladrón comprobó que la niña no tenía intención de hacer nada, se giró para continuar con su labor. Todo esto había servido para que detuviera un momento su labor, pero ahora volvió a empuñar su tubo succionador y continuó absorbiendo más y más sonidos, con una diabólica sonrisa en sus labios.
Entonces, cuando el hombre se dio la vuelta, pudo ver Isabela que la mochila a la que había estado sujeta se había abierto en parte y se podía ver el enorme recipiente de cristal, donde más y más sonidos se iban acumulando. Ahí donde se encontraban atrapadas su voz, la de Pluto y el pobre de Gabriel. ¡Tal vez podía hacer algo!, pensó la niña entonces. El vidrio parecía frágil, quizás con un golpe...
Rápidamente, miró a su alrededor, ¿qué podría utilizar, qué podía encontrar que le fuera útil? Tan sólo había más y más hierba, una interminable extensión verde. ¡Espera! Ahí había algo. ¡Eso era, una piedra grande y contundente! Andando a gatas sobre el césped, se acercó hasta ella, velozmente. El hombre seguía frente a la pequeña, ajena a sus movimientos; más lejos, Pluto, yacía tumbado en el suelo, doliéndose del golpe y con cara de pesadumbre.
Isabela tomó la piedra y se levantó. La alzó y apuntó cuidadosamente; no podía fallar, tenía que acertar en el cristal y además hacerlo con la suficiente fuerza para romperlo. Así que apuntó y apuntó, echó el brazo con la piedra hacia atrás, inclinó la espalda y trató de coger toda la fuerza posible antes de... ¡lanzarla! La piedra voló por el aire un breve segundo y ¡chocó contra el cristal! ¡Bien, había acertado! Isabela vio cómo la roca dejaba una fuerte marca blanca en el recipiente, pero la alegría duró sólo un segundo: ¡no se había roto! Estaba claro que el cristal era más resistente de lo que parecía. Por suerte, el hombre no había notado nada, concentrado como estaba en absorber de modo frenético todos los sonidos del lugar, mientras, ahora, había comenzado a reírse de modo histérico.

Las historias de Isabela continúan... pero será en la siguiente ocasión.

viernes, septiembre 01, 2006

El ladrido desaparecido (XXIX)

Pero no había tiempo para seguir pensando en ello. De nuevo echó a correr por la ruta que tenía frente a sí, seguida como siempre por su fiel Pluto. Ambos formaban una imagen algo insólita porque a pesar del esfuerzo de la carrera ninguno de los dos emitía sonido alguno, prisionera como tenían ambos su voz.
Al poco de correr, los dos empezaron a escuchar ya el trasiego del rincón, todo el bullicio de los sonidos perdidos de Villaldea. Ahora no había lugar para la sorpresa, porque Isabela ya sabía que al final del camino tan solo se iba a encontrar con una extensa explanada de hierba, donde no iba a hallar absolutamente nada, al menos para la vista.
Corriendo, corriendo, llegaron por fin ante la abertura entre los árboles que daba entrada al rincón, en lo alto de una pendiente. Sin detenerse un momento y sin dejarse intimidar ya ni un segundo por el enorme barullo que venía desde el otro lado, ambos, Isabela y Pluto cruzaron la entrada y entraron en el rincón de los ruidos perdidos.
Todo seguía siendo como la vez anterior que habían estado allí: una cacofonía de sonidos de todos los tipos imaginables que invadían por completo el espacio que tenían frente a sí. Realmente era una sensación abrumadora. ¿Cómo iba a encontrar ahí entre tanto sonido a alguna de las voces de la radio, y más aún cuando ni siquiera podía gritar? Isabela trató de atisbar a lo lejos como si mirando pudiera encontrar alguna pista que le ayudara o alguna señal de las voces que buscaba.
-¡Vaya, vaya, vaya! ¿Qué es lo que tenemos aquí? –exclamó una voz a su espalda, una voz que le puso la piel de gallina a Isabela.
La niña se giró. ¡Era el ladrón de sonidos! ¡Y en el rincón de los ruidos perdidos! ¿Qué había hecho? Le había servido de guía perfecta al muy malvado hasta este sitio y ahora las consecuencias podían ser inimaginables.
-¡Jajaja! –se reía el muy ruin –sabía que hacía bien al seguirte. Primero hasta la radio y luego por el camino del bosque. Es curioso, pero nunca me había preguntado hacia dónde llevaba ese camino, a pesar de ser bastante visible. Si hubiera sabido el botín que me esperaba... miles y miles de sonidos escapados de no se sabe donde, aquí reunidos, formando un concierto ensordecedor. Si mis auriculares apenas me ayudan a proteger mis débiles oídos de toda esta algarabía La de limpieza de sonidos que voy a tener que realizar aquí... –y el hombre ponía los brazos en jarra y se dedicaba a mirar hacia delante, admirando el enorme trofeo que le aguardaba.
Isabela lo miraba aterrorizada: ¡iba a absorber todos los sonidos del rincón! Era terrible, tenía que hacer algo desesperadamente o todo el sitio desaparecería, el producto de años y años de sonidos perdidos allí reunidos.
-Gracias, pequeña, –decía ahora el ladrón, dirigiéndose a Isabela –me has hecho un gran favor, pero ya no me haces falta y ahora voy a tener mucho trabajo que realizar.
Y apartándose de la niña, levantó su tubo succionador. El pequeño radar que lo coronaba parecía haberse vuelto loco: trataba de girar a un lado y a otro para señalar todos los sonidos que tenía frente a sí, pero era tal la cantidad que cuando había apuntado a uno, ya tenía que volver a moverse para señalar a otro; y más parecía que sufría un ataque de epilepsia que otra cosa. Al mismo tiempo, la luz roja de su punta parpadeaba con un frenesí tal que parecía que iba a estallar en cualquier momento.
El hombre, con el tubo ya en lo alto, esperó un segundo antes de apretar el gatillo, como si disfrutase paladeando ese último momento antes de la limpieza total. Y ya, finalmente, lo pulsó, ante la aterrorizada mirada de Isabela. Frente a ella comenzaron a pasar sonidos y más sonidos que eran absorbidos uno detrás de otro por el maléfico artilugio del ladrón: el claxon de un coche, la ráfaga de disparos de una metralleta, una sierra mecánica cortando un árbol, la chimenea de un trasatlántico, una llave girando en una cerradura, el graznido de un cuervo, el desagradable chirrido de unas uñas pasando por una pizarra...

Las historias de Isabela continúan... pero será en la siguiente ocasión.

miércoles, agosto 30, 2006

El ladrido desaparecido (XXVIII)

-¡Jajajaja! –se rió el malvado personaje –deberías verte la cara. ¡Anda, corre, vete a contarle a todo el mundo que un señor se ha quedado con tu linda vocecita! ¡Jajajajaja!
Esto fue lo que motivó un poco por fin a que Isabela se pusiera en movimiento, porque incluso Pluto se había quedado paralizado mirando a su dueña cómo sufría sin poder hablar. Sin ninguna idea fija, Isabela se echó a correr, seguida por el perro, mientras trataba de pensar en alguna idea. Atrás dejaron al ladrón de sonidos que continuaba riéndose, disfrutando con el sufrimiento de la niña.
Y mientras corría, Isabela trataba de tranquilizarse y de pensar en alguna idea. ¿Qué podía hacer ahora? ¿Cómo iba a recuperar su voz? ¿A quién podía acudir? Tal vez yendo a donde Alfonso, el inventor de sonidos, o a la tienda del señor Constancio. Sin embargo, se preguntaba Isabela, ¿iba a recordar el camino hasta ellos? Al fin y al cabo, fue Gabriel quien hizo de guía en la ocasión anterior. La pequeña detuvo su carrera incontrolada y se paró a ver dónde se encontraba. Pluto, se frenó también, siempre a la espera de ver lo que hacía su dueña.
Isabela miró hacia un lado y hacia el otro tratando de reconocer el sitio donde se encontraba. Era una calle peatonal, tan solo pasaban algunas personas de aquí a allá de vez en cuando. Tal vez debiera preguntar a alguien cómo ir a los sitios pero, ¿cómo iba a hacerlo cuando no podía hablar? Difícil hacerlo únicamente mediante señales. Seguía andando haciéndose estas cuestiones cuando entonces, a la distancia, vio algo que le podría ayudar, una señal que indicaba: “Estación de radio”
¡Claro, la emisora! ¿Cómo no había pensado en ello? Ahí podría hablar con Manuel y con Raquel y con Daniel y aunque fuese por señas seguro que sabrían entenderle.
La señal indicaba que debían torcer la primera calle a la izquierda. Isabela le hizo una seña a Pluto de que le siguiera y a paso rápido fueron en la dirección indicada. La verdad es que tenían la radio más cerca de lo que pensaban, Isabela estaba totalmente desorientada, ya que se encontraba justo al final de esa calle. ¡Genial! Ahí iban a saber ayudarla. Les contaría todo lo que había pasado, lo del ladrón de sonidos, lo de Gabriel y lo de su voz y seguro que entre todos encontrarían una solución.
La niña se echó a correr, estaba impaciente, desde la esquina debía haber unos 100 metros en línea recta hasta la emisora. Finalmente, casi sin aliento, Isabela llegó hasta la puerta. La vez anterior, recordó, había una nota que le indicaba si debía llamar al timbre o no, así que se fijó antes de pulsar. Y sí, sí que había una nota, sin embargo esta vez no le gustó nada a Isabela lo que decía: “Hola, no te molestes en llamar, porque no estamos ninguno dentro. Hemos acabado de trabajar por hoy y hasta mañana no volvemos. Vuelve a la mañana y te ayudaremos en todo lo que podamos. ¡Hasta luego!”
¡No, vaya contrariedad! Claro, con toda la aventura y de aquí para allá todo el día había perdido la noción del tiempo y ya estaba atardeciendo, con lo que las voces habían dejado de trabajar por hoy. Seguramente emitirían programas pregrabados con los que rellenar la emisión del resto del día para cuando ellos no pudieran estar.
¿Y ahora qué podía hacer? ¿A quién podía acudir? ¿O esperar hasta el día siguiente a que abrieran de nuevo la emisora? ¡No, espera, una idea mejor! Isabela recordó que las voces de la radio le habían dicho que vivían en el rincón de los ruidos perdidos. Podía pedirles ayuda ahí. Y hasta este sitio sí que sabía cómo ir, tan sólo tenía que volver a seguir las instrucciones que los chicos de la radio le habían dado.
Sin pensarlo un segundo más, le hizo un gesto a Pluto para que le siguiera (ahora era la única manera que tenía de entenderse, claro, mediante gestos) y se echó a correr por la calle que tenía a su derecha. Llegó hasta el final de ésta y se encontró con una carretera. Al otro lado se encontraba un bosque, tal y como lo recordaba Isabela. Cruzó la carretera y siguió hacia su izquierda, siempre pegada al bosque. Anduvo unos instantes y pasó por delante de un camino, que se introducía entre los árboles, sin prestarle atención. ¡Un momento! Debía seguir por él, que era el camino que nadie se pregunta a dónde lleva y que conducía al rincón de los ruidos perdidos. Como en la vez anterior, por alguna razón, no sentía curiosidad de saber a dónde llevaba ese camino y lo había dejado pasar sin darle importancia.

Las historias de Isabela continúan... pero será en la siguiente ocasión.

lunes, agosto 28, 2006

El ladrido desaparecido (XXVII)

Pero la voz no pudo hacer nada. Frente a los ojos de Isabela, ese “¡No!” se estiró, se alargó, viajó por el aire y en cuestión de un momento fue absorbido por el tubo del hombre. Por un momento, pareció ofrecer resistencia, que la ”o” de la sílaba se negaba a entrar y aguantaba un largo segundo antes de entrar por el conducto, pero finalmente todo el esfuerzo de Gabriel fue en vano y fue tragado irremediablemente.
-Vaya- dijo el ladrón de sonidos, poniendo cara de admiración –creo que es la primera voz que capturo dentro de la larga lista de ruidos que he hecho callar hasta ahora. –y miraba su aspirador, con curiosidad.
Isabela estaba con la boca abierta: ¡ese hombre se había tragado a Gabriel con su aparato aspirador! ¡A su amigo! Lo había hecho prisionero en un espacio diminuto (seguramente el tarro de cristal que le había comprado a Alfonso y que llevaba a la espalda bajo esa funda) junto con una multitud de ruidos, voces y sonidos. Tenía que liberarle, no podía dejarle atrapado en manos de ese hombre tan malvado.
-¡No! Tienes que soltar a Gabriel. Es mi amigo –gritaba la niña.
-¿Sí? ¿Tu amigo? Pues creo que tu amigo se va a encontrar mejor en mi tarro, donde no moleste a nadie, con su agobiante ceceo. Sólo espero que no le moleste la compañía, que puede resultar de lo más... ruidosa –y el hombre estalló en unas fuertes risotadas.
Las risas le molestaron a Isabela y le hicieron sentirse aún más enfadada. Se acercó hasta el ladrón y con sus pequeñas manos empezó a pegarle en el brazo al hombre.
-¡Tienes que soltar a Gabriel! ¡Tienes que soltar a Gabriel! ¡Eres una persona malvada! ¡Te odio, te odio! –y Pluto saltaba alrededor de él y se acercaba para morderle, pero poco daño podía hacerle con los gruesos pantalones que llevaba.
-Mira, niña, estás empezando a cansarme. –dijo el ladrón, quien no se apartaba y dejaba que Isabela le atizase con sus débiles golpes –Como no pares ya, voy a tener que hacer algo para que me dejes en paz.
Sin embargo, Isabela, enrabietada, no escuchaba y continuaba golpeando y golpeando al hombretón, quien parecía que no sentía nada; y, mientras, gritaba y decía cosas sin sentido. Pluto seguía, también, tratando de atizar algún mordisco, aunque poco resultado obtenía, la verdad.
Finalmente, la paciencia del hombre pareció llegar a su fin. De un manotazo, apartó de sí a Isabela y dijo:
-Ya me he cansado de oírte, niña, ¿y sabes cuál es la mejor manera de solucionar eso? –preguntó mientras levantaba con su mano derecha el tubo succionador.
Isabela volvió en sí rápidamente y al ver el artilugio, entendió al instante la maligna intención de la persona que tenía frente a sí. ¡Le quería robar a ella su voz! Tremendamente asombrada y asustada, consiguió decir en un primer momento:
-¡Ah!
Y seguramente a Isabela le hubiera gustado poder decir algo más, tal como: “¡No, no lo hagas!”; o algo así como: “¡Por favor, mi voz no!”; sin embargo, el hombre ya había apretado el gatillo y había puesto en funcionamiento el temible artefacto. La niña se tapó la boca con las manos como así pudiera evitar que el sonido escapase de sus labios, sin embargo, ya era tarde.
Isabela casi pudo verlo con sus ojos, su voz saliendo desde la boca, flotando por el aire, dirigiéndose al tubo aspirador, casi en cámara lenta. En un último y desesperado intento, extendió las manos para tratar de atraparlo pero tan sólo prendió el aire, mientras su “¡Ah!” se introducía en el conducto de un modo muy despacio, como si quisiera echar un último vistazo a la persona que le había pronunciado antes de ocultarse.
-¡Bueno! –exclamó entonces el hombre –así te estarás calladita y no le contarás a nadie cosas que a nadie le interesan.
Isabela se quedó paralizada. Trató de pronunciar una palabra, una sola sílaba, ¡pero ya no podía! ¡Se había quedado absolutamente muda! Ni una vocal, ni ningún ruido, por mucho que se esforzase podía salir de su garganta. Realmente el ladrón le había robado su voz y ahora ésta se encontraba en el recipiente que llevaba a su espalda. Asustada de verdad, Isabela se llevaba las manos a la garganta: ¿y ahora qué iba a hacer?

Las historias de Isabela continúan... pero será en la siguiente ocasión.

sábado, agosto 26, 2006

El ladrido desaparecido (XXVI)

-¡Tenemos que hacer algo! –exclamó Isabela, aunque tratando de no levantar mucho la voz –Ese hombre ha robado el ladrido a Pluto y ahora se dedica a robar los sonidos a todas las cosas y las personas con las que se encuentra.
-Zí –contestó Gabriel –y no creo que ze pueda razonar con él y que deje de realizar zu actividad delictiva. Habría que ir a la comizaría de Villaldea y explicarlez lo que eztá pazando.
-Sí, -asintió Isabela –el problema es que no sé si iban a hacer mucho caso de una niña pequeña, sola con un perro...
-No te preocupez, Izabela, yo iré contigo; deja que hable con loz polizíaz y lez contaré todo lo que hemoz vizto.
-¡Gracias, Gabriel! ¿Has oído, Pluto? –la niña se agachó para hablarle a su mascota –Vamos a ir a la policía y todo se va a solucio...
-¡¿Quién decís que va a ir a dónde?! –interrumpió alguien de repente.
Isabela se giró y vio con gran sorpresa quién había hablado: ¡era el hombre extraño, portando aún en su mano el tubo aspirador! El radar no giraba y les apuntaba con su luz roja directamente hacia ellos. ¡Les había descubierto, y justo cuando estaban tramando de denunciarle ante la policía! Isabela se quedó sin habla, sin poder reaccionar. Menos mal que se lanzó Gabriel a increparle al hombre:
-¡Ya eztá bien de robar zonidoz! Tienez que devolver todoz loz zonidoz que haz robado a loz objetoz o perzonaz a loz que pertenecen.
-¡Ja! –se rió altivo el hombre -¿Para qué? Están mejor así. Para lo único que les servía era para molestar, para no dejar dormir a la gente. Ya hay bastantes ruidos en la ciudad, no le vendrá mal un poco de silencio.
-Pero ze pueden tomar medidaz para reducir loz ruidoz, no eztá bien dejarle a perzonaz y cozaz zin zu propio zonido.
-Sí, -afirmó entonces Isabela –has dejado a Pluto sin su ladrido y ahora no puede ladrar.
El hombre se fijó entonces detenidamente en el perro, hasta que pareció reconocerlo:
-Me acuerdo de ti, pequeño. Tengo el oído muy fino y pude oírte desde mi casa cómo correteabas por la plaza ladrando de un lado a otro sin control y sin ningún dueño que te vigilase. Tengo la puerta de casa reforzada para evitar la entrada de tantos sonidos molestos que circulan por ahí, pero tan altos eran tus ladridos que incluso desde casa podía escucharte. Y, por supuesto, no tuve más opción que salir y librar al pueblo de tanto ladrido fastidioso. Y luego deshacerme de esos estúpidos carteles que empezaste a colgar por todas partes, niñita.
-¡El ladrido de Pluto no es fastidioso! –exclamó Isabela, molesta, mientras por dentro pensaba “claro, así que era él quién había despegado los anuncios que colgué”.
-Sí que lo es, y el de tantas cosas que se pueden oír por ahí. En realidad la ciudad debería de estarme agradecida por la labor de limpieza que realizo. Como el sonido de esa gotera que he hecho desaparecer antes con su incordio de “ploc, ploc, ploc” que se mete en los oídos y no te deja en paz. Lo que me pregunto ahora es cómo habéis conseguido encontrarme.
-Alfonso –contestó la niña –nos dijo que habías comprado un tarro de cristal receptor de sonidos enorme. Y a él fuimos de parte del señor Constancio. Alfonso nos dijo que te molestaba el ruido de las cigüeñas de la iglesia.
-Sí, muy listos, muy listos. Y aún me siguen molestando esas dichosas cigüeñas. Porque este aparato succionador de sonidos que he inventado no alcanza hasta el tejado, sino ya las habría hecho callar hacía mucho tiempo. Claro, cuando tuve que comprar el tarro receptor de sonidos... no pensé que eso me delataría –dijo el hombre, pensativo.
-Puez ya bazta de zuccionar zonidoz –interrumpió entonces Gabriel –tiene que devolver todo lo que ha robado o zi no, hablaremoz con la policía.
-¿Hablar con la policía? ¡Ja!, me río yo de eso.
-Zí, y lo vamoz a hacer ahora mizmo. Ven, Izabela, noz marchamoz.
-No creo que vayáis muy lejos –dijo el hombre, con una maliciosa sonrisa en los labios –porque ahora mismo estoy apretando el gatillo de mi succionador de sonidos. –y el hombre alzó el aparato en dirección a Gabriel.
-¡No! –gritó éste.

Las historias de Isabela continúan... pero será en la siguiente ocasión.