El ladrido desaparecido (XXXII)
-No importa ya, Izabela. Por zuerte, la gente de la radio no ze encontraba cerca de aquí con lo que no lez ha pazado nada. Lo importante ez que graciaz a ti todoz loz zonidoz han zido liberadoz y podrán volver con zuz legítimoz dueñoz. Puedez zentirte orgulloza, Izabela. Y, ademaz, el ladrón parece eztar fuera de peligro.
Isabela, aún aguantando a Pluto contra sí, se volvió para mirar al hombre. A su alrededor, ruidos y más sonidos corrían, iban de un lado para otro, como buscando el lugar al que pertenecían. Algunos parecían encontrarlo allí, en el propio rincón, mientras otros, su eco, se perdía a lo lejos, por el camino que se abría entre los árboles.
La niña tardó poco en encontrar con la mirada al hombre. Yacía en el suelo a unos pocos metros de ella, se le veía aturdido, con la mirada perdida. Movía la cabeza de un lado para otro, como para tratar de despejarse, pero no parecía lograr su objetivo. Sin duda, el impacto del estallido había sido fuerte de verdad, incluso para atontar a alguien tan corpulento como el ladrón de sonidos.
-¿Y qué vamos a hacer ahora con él? –preguntó Isabela.
-Me parece que ahora zí –contestó Gabriel –ez el momento de hablar con laz autoridadez.
*****
Isabela entró corriendo en casa, seguida por Pluto, que corría, saltaba y ladraba lleno de júbilo. Nada más entrar, se encontró con su madre, que tenía bastante cara de malas pulgas:
-¿Se puede saber dónde has estado todo el día? –preguntó con los brazos en jarra.
-Hola, mamá. He llegado tan tarde porque he estado todo el día viviendo un montón de aventuras: resulta que a Pluto se le perdió el ladrido y fui a poner un anuncio en la radio. Allí me atendieron unas voces (porque en la radio no trabajan personas, sino sólo voces) y me dijeron que fuera a un sitio donde se agrupan todos los sonidos que se le pierden a las cosas, y ahí conocí a una voz (que ahora es muy buen amigo mío) que se llama Gabriel y que cecea y me llevó a conocer a un señor que colecciona sonidos pero él no sabía donde estaba el ladrido de Pluto...
-Bueno, bueno, bueno –trataba de cortar la madre de Isabela –siéntate a la mesa que la cena ya está lista.
Allí estaba ya sentado el padre de la niña, que se levantó al verles entrar.
-Yo no sé de donde saca esa imaginación –decía la madre a su esposo.
-Nos tenías preocupado, pequeña –decía éste.
-Pero es que me han pasado muchas más cosas –trataba de convencerles la niña –porque en realidad el ladrido de Pluto lo había robado un hombre con un aspirador y luego me robó la voz a mi y no podía hablar, con lo que tuve que huir al rincón de los ruidos perdidos...
-¡Vale, vale! –cortó el padre de Isabela enérgico –cena y no nos cuentes historias.
El tono era de enfado, así que la niña agachó la cabeza y se sentó a la mesa, callada, a esperar la comida.
Pobre Isabela, no entendía que sus padres carecían de la capacidad de ver esos pequeños detalles de la realidad que escapan a la lógica común. De participar en ese otro mundo, que, en realidad, es una parte bastante grande de éste, donde las cosas más fantásticas suceden, donde la vida es una aventura constante... Capacidad que la mayoría de los adultos pierden cuando entran en es otro mundo tan, tan importante como es el de las responsabilidades y se olvidan de lo que una vez fue ser niño.
Pese a todo, mientras cenaba, Isabela pensaba una cosa, que le levantó de nuevo el ánimo: si había sido capaz de resolver el misterio del ladrido de Pluto y liberar al resto de sonidos del ladrón de ruidos, tal vez podría resolver otros misterios y buscar solución a muchos otros enigmas. Tal vez podía ser una niña detective. Y, mientras continuaba comiendo y con intención de no contarle nada a sus padres, empezó a darle vueltas a esta nueva y atrayente idea: “Isabela, la niña investigadora”.
Las historias de Isabela continuarán en: "Isabela y el país en construcción de Baranbanbarán"
Isabela, aún aguantando a Pluto contra sí, se volvió para mirar al hombre. A su alrededor, ruidos y más sonidos corrían, iban de un lado para otro, como buscando el lugar al que pertenecían. Algunos parecían encontrarlo allí, en el propio rincón, mientras otros, su eco, se perdía a lo lejos, por el camino que se abría entre los árboles.
La niña tardó poco en encontrar con la mirada al hombre. Yacía en el suelo a unos pocos metros de ella, se le veía aturdido, con la mirada perdida. Movía la cabeza de un lado para otro, como para tratar de despejarse, pero no parecía lograr su objetivo. Sin duda, el impacto del estallido había sido fuerte de verdad, incluso para atontar a alguien tan corpulento como el ladrón de sonidos.
-¿Y qué vamos a hacer ahora con él? –preguntó Isabela.
-Me parece que ahora zí –contestó Gabriel –ez el momento de hablar con laz autoridadez.
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Isabela entró corriendo en casa, seguida por Pluto, que corría, saltaba y ladraba lleno de júbilo. Nada más entrar, se encontró con su madre, que tenía bastante cara de malas pulgas:
-¿Se puede saber dónde has estado todo el día? –preguntó con los brazos en jarra.
-Hola, mamá. He llegado tan tarde porque he estado todo el día viviendo un montón de aventuras: resulta que a Pluto se le perdió el ladrido y fui a poner un anuncio en la radio. Allí me atendieron unas voces (porque en la radio no trabajan personas, sino sólo voces) y me dijeron que fuera a un sitio donde se agrupan todos los sonidos que se le pierden a las cosas, y ahí conocí a una voz (que ahora es muy buen amigo mío) que se llama Gabriel y que cecea y me llevó a conocer a un señor que colecciona sonidos pero él no sabía donde estaba el ladrido de Pluto...
-Bueno, bueno, bueno –trataba de cortar la madre de Isabela –siéntate a la mesa que la cena ya está lista.
Allí estaba ya sentado el padre de la niña, que se levantó al verles entrar.
-Yo no sé de donde saca esa imaginación –decía la madre a su esposo.
-Nos tenías preocupado, pequeña –decía éste.
-Pero es que me han pasado muchas más cosas –trataba de convencerles la niña –porque en realidad el ladrido de Pluto lo había robado un hombre con un aspirador y luego me robó la voz a mi y no podía hablar, con lo que tuve que huir al rincón de los ruidos perdidos...
-¡Vale, vale! –cortó el padre de Isabela enérgico –cena y no nos cuentes historias.
El tono era de enfado, así que la niña agachó la cabeza y se sentó a la mesa, callada, a esperar la comida.
Pobre Isabela, no entendía que sus padres carecían de la capacidad de ver esos pequeños detalles de la realidad que escapan a la lógica común. De participar en ese otro mundo, que, en realidad, es una parte bastante grande de éste, donde las cosas más fantásticas suceden, donde la vida es una aventura constante... Capacidad que la mayoría de los adultos pierden cuando entran en es otro mundo tan, tan importante como es el de las responsabilidades y se olvidan de lo que una vez fue ser niño.
Pese a todo, mientras cenaba, Isabela pensaba una cosa, que le levantó de nuevo el ánimo: si había sido capaz de resolver el misterio del ladrido de Pluto y liberar al resto de sonidos del ladrón de ruidos, tal vez podría resolver otros misterios y buscar solución a muchos otros enigmas. Tal vez podía ser una niña detective. Y, mientras continuaba comiendo y con intención de no contarle nada a sus padres, empezó a darle vueltas a esta nueva y atrayente idea: “Isabela, la niña investigadora”.
Las historias de Isabela continuarán en: "Isabela y el país en construcción de Baranbanbarán"
